La economía de la mutualidad se abre paso en Colombia. Algunas empresas del sector agroindustrial le están apostando a este método.
La economía de la mutualidad comienza a posicionarse como un nuevo enfoque empresarial que busca ir más allá de la rentabilidad financiera e integrar variables sociales y ambientales en la generación de valor.
El modelo, desarrollado desde la academia —particularmente por la Universidad de Oxford—, plantea una transformación en la forma en que las compañías miden su desempeño y estructuran sus negocios.
“Se trata de un modelo que pone la cooperación y la colaboración en el centro de la estrategia empresarial, con el objetivo de crear valor para todos los actores vinculados al negocio, y no solo para los accionistas”, explicó Gerardo Viña, director de Sostenibilidad de Araújo Ibarra–Consultores en Negocios Internacionales.
Según el experto, esta visión amplía los indicadores tradicionales al incorporar el impacto en las comunidades, la sociedad y la naturaleza como parte del resultado empresarial.
Este enfoque ya presenta avances en Colombia, con la participación de expertos internacionales y representantes del sector empresarial para analizar el alcance de este modelo y sus oportunidades de implementación en el país.
¿Qué es la economía de la mutualidad?
El concepto nace aproximadamente a comienzos de la década de 2010 como una iniciativa impulsada por la Universidad de Oxford. Un equipo de la Facultad de Economía fue convocado por una gran corporación para analizar oportunidades de integración productiva con pequeños productores, especialmente en comunidades de África, en países como Costa de Marfil.
Se define como un modelo de gestión de inversión que pone la cooperación y la colaboración en el centro de la estrategia empresarial, con el objetivo de crear valor mutuo. Es decir, un valor que no solo sea financiero, sino que también beneficie a todas las partes interesadas, no únicamente a los accionistas.
“Esto implica ampliar la forma en que se mide el desempeño empresarial. Ya no se trata solo de resultados financieros, sino también del impacto humano, social y ambiental; es decir, cómo la actividad económica afecta tanto a la sociedad como a la naturaleza”.
En ese sentido, el éxito no se define como la maximización de utilidades, sino como la combinación entre rentabilidad y fortalecimiento del ecosistema empresarial y social en el que opera la compañía.
Básicamente es una evolución del modelo económico tradicional.
¿Existen metodologías para medir ese fortalecimiento del entorno?
Sí. Estas metodologías han sido desarrolladas por el mismo equipo de Oxford y ya cuentan con casos probados. Parten de las métricas económicas tradicionales, pero incorporan variables adicionales relacionadas con inclusión social, aporte de terceros en la cadena de valor y el valor de la naturaleza como activo.
¿Qué casos concretos evidencian que este modelo funciona?
El primer gran impulsor fue Mars, la multinacional británica de origen familiar. Es una compañía enorme, con ventas cercanas a los US$70.000 millones al año. Ellos aplicaron este enfoque en su cadena de cacao en África.
Como resultado, los productores han triplicado su producción, la compañía ha fortalecido su negocio y hoy más de 80.000 familias participan en esa cadena de valor.
También hay ejemplos como Natura, en Brasil, que ha integrado comunidades indígenas en la región de Mato Grosso para el desarrollo de productos a partir de recursos amazónicos.
¿Esto va más allá del concepto tradicional de sostenibilidad?
Más que superarlo, lo desarrolla. Cuando uno revisa la teoría del desarrollo sostenible —desde la Comisión Brundtland— encuentra que siempre ha estado basada en tres pilares: economía, sociedad y naturaleza.
El problema es que muchas veces se ha reducido a lo ambiental. Pero una empresa no es sostenible si no equilibra esos tres elementos.
La economía de la mutualidad retoma ese principio y lo lleva al modelo de negocio. No pone lo financiero por encima de todo, sino en equilibrio con la naturaleza y la sociedad, reconociendo que ambos son fundamentales para el éxito empresarial.
¿En Colombia hay empresas que practiquen este modelo?
No hay empresas que digan “aplicamos economía de la mutualidad”, pero sí hay casos que, en la práctica, siguen este enfoque.
En Colombia, donde el 95% de las empresas son familiares, este modelo tiene gran potencial. Por ejemplo, el Grupo Daabon ha desarrollado esquemas de inclusión productiva, trabajando con comunidades indígenas arhuacas en la Sierra Nevada en la producción de café de exportación, donde participan como socios.
Casa Luker, por su parte, reporta impactos en miles de familias, con mejoras en ingresos y calidad de vida, además de operar con energías renovables y modelos colaborativos en cacao.
También está Agropecuaria Aliar, con su marca La Fazenda, que ha integrado comunidades indígenas en proyectos agrícolas en la Orinoquía, incorporando tierras de resguardo en la cadena productiva.
A esto se suman empresas como Manuelita y Oleoflores.
¿Por qué el agro parece ser el sector más propicio para este modelo?
Porque allí son más visibles las brechas sociales y económicas, y porque la tierra es un activo fundamental. La integración de pequeños productores permite generar valor y desarrollo de forma más evidente.
Entrevista de Constanza Gómez Guasca de Portafolio a Gerardo Viña, director de Sostenibilidad.






